Acoso escolar: la angustia de ir a clase
Ayer lunes TVE emitió un reportaje en el programa Hora Cero, sobre el acoso escolar, también denominado “Bullying”, que me ha parecido importante citar y tratar en este blog porque, como todos sabemos, es un tema de especial interés y actualidad y que preocupa a todos. En el programa se trataban diferentes casos de víctimas del acoso en las aulas, todos ellos niños de edades comprendidas entre los 9 y los 14 años. Entrevistas a padres desechos y llenos de ira por ver las atrocidades cometidas a sus hijos por diferentes compañeros; declaraciones, contrarias en muchas ocasiones, por parte del personal docente del centro donde acaecieron los supuestos casos de acoso; testimonios estremecedores de niños víctimas del maltrato y compañeros que hablan de los supuestos acosadores; recuerdos de aquellos otros que un día decidieron dejar de vivir, porque preferían la paz al eterno sufrimiento.Y yo me pregunto ¿cómo puede llegar a suicidarse un niño con tan solo 14 años, como fue el caso de Jokin, estudiante de 4º Eso de un instituto de Guipúzcoa, el 21 de septiembre de 2005? No imagino como debe ser la vida para estos jóvenes, no puedo llegar a comprender que se les pasa por sus cabezas en esos momentos para perder toda esperanza de vivir, no imagino hasta que punto puede llegar la desesperación, el agotamiento, la impotencia, la tristeza, la angustia y la desolación para hacer que un niño con semejante edad deje de tener proyectos de trabajo y estudios, ilusiones, ideas futuras, objetivos y metas y no quiera tan solo ni salir de casa. Estamos hablando de algo muy fuerte. Pero a decir verdad creo que el tema del acoso escolar siempre ha existido, como el tema de la violencia doméstica. En este caso, antes se consideraba que el posible maltrato físico y psicológico a la mujer era algo dentro del matrimonio y que nadie debía entrometerse puesto que debía solucionarse entre las cuatro paredes de domicilio conyugal. Pero desde hace un par de años acá son tan elevadas las cifras de mujeres muertas a manos de sus parejas sentimentales que esto parece haberse convertido en un fenómeno, en una tendencia, en una moda a imitar por muchos hombres cuando la mujer pretende separarse, ser independiente o simplemente dejar de quererle. De manera idéntica, sucede con el acoso escolar. Siempre ha existido y lo que debemos hacer entre todos es intentar que deje de existir. Para ello, en mi opinión deberían de elaborarse una serie de planes o programas, en los que educadores, compañeros y padres realizaran la tarea conjunta de educar a los niños, desde pequeños, a saber respetar y tratar al resto de personas del entorno, sin burlarse de ellos, sin insultarles y por supuesto y lo principal, sin agredirles físicamente, por el simple hecho de que sean diferentes o más débiles que el resto. La educación en este sentido puede ser igual de importante o más que saber sumar y restar en una clase de matemáticas. Pero ¿hasta que punto puede considerarse que un niño es víctima de acoso escolar?, ¿el hecho de que un compañero empuje a otro o le diga “tonto” puede considerarse como el comportamiento de un acosador, o simplemente el de un niño inocente que como cualquier otro lo hace sin la menor importancia ni maldad? Las fronteras que separan ambos espacios son difusas. Padres cuyos hijos se suicidaron, hartos de las burlas y risas de sus compañeros, no llegaron a detectar el problema que tenían; en cambio ahora, dada la gravedad del problema y el constante crecimiento de casos, cualquier pequeño detalle puede alertar a los padres y hacerles creer que su hijo está siendo acosado cuando en realidad no es así. Se dispara la alarma sin haberse producido el incendio.
Experiencia personal
Desde primero de primaria, cuando tan solo tenía 6 años, hasta sexto mi vida escolar, podemos decir, que también fue algo traumática, pero no sé si hasta el punto de considerarse acoso escolar, porque de esto hace ya mucho tiempo y las circunstancias no eran las mismas que las de ahora.La verdad es que mi madre siempre me llevaba al colegio bien vestida y a la última moda: calcetines, camisa y pasador del pelo siempre eran del mismo color; siempre llevaba la ropa en conjunto y no me faltaba ningún detalle para ir bien guapa a clase. Siempre me sentaba en primera fila para atender bien y no perderme la más mínima cosa de lo que se explicara en cada clase. Todos los profesores me tenían especial aprecio porque era una niña estudiosa, trabajadora y responsable y era el ojito derecho del director que siempre me ponía como ejemplo a seguir para el resto de la clase. Cada vez que hacían concursos de dibujo siempre me llevaba yo los premios, y en los juegos florales de cada año siempre elegían mis poesías entre las mejores. En los festivales de final de curso siempre me ponían a mí de presentadora y en las actuaciones estaba en primera fila porque decían que era la que mejor bailaba. En resumen, era la niña modélica, perfecta para los profesores, pero odiosa para algunas de mis compañeras. El ser así, ser como yo verdaderamente era, me costó muchos disgustos. Había una niña, Ana G. que era la líder del grupo, y no por que destacara especialmente en algo, sino por el simple hecho de que ella era la que mandaba y nadie podía contradecirla; ella misma se había auto atribuido el papel de jefaza autoritaria. El resto de mis compañeras, (todas, menos Laura, que era la única que me comprendía y estaba a mi lado) hacían lo que ella ordenase, siguiéndola siempre a todos lados como perritos falderos, como si ella fuese la faraona y las demás los esclavos de la corte que debían de ponerse a sus pies. Y yo desde luego no era esclava de nadie. En clase, cuando estaban los profesores delante, aún me libraba de algunas putadas, pero lo peor era la hora del patio. Cuando los profesores se iban a tomar café al bar de enfrente, mis compañeras se metían conmigo, se reían de mí, me pegaban collejas, me quitaban cosas del estuche, me excluían del grupo, se contaban secretitos a la oreja para que yo no me enterara de lo que estaban diciendo, jugaban a la comba y no me dejaban saltar con ellas, me decían que yo hacía la pelota a los profesores para que me dieran las buenas notas que yo misma, con el sudor de mi frente y mi esfuerzo constante, me había ganado…Lo peor de todo fue un día cuando, estando Laura y yo sentadas en un banquito, se acercaron Ana y el resto de niñas de la clase y, sin saber porqué, comenzaron a darme patadas en las piernas y a decirme de todo. ¿Y todo esto porqué? Pues por el simple de hecho de que me tenían envidia, envidia de que yo bailara mejor que ellas, envidia de que fuera la número 1 en la clase, envidia de que yo sacara las mejores notas (y que no eran regaladas, vuelvo a repetir). Simple y llanamente, envidia. Hasta tal extremo llego esa envidia, que una tarde, mi madre estuvo a punto de pegarse con el padre de Mº Carmen A. una de las niñas que siguiendo a Ana, no me dejaban en paz. La niña no dejaba de meterse conmigo y tenía tan harta a mi madre, que como toda madre que quiere y protege a sus hijos, estalló y le llamó la atención, diciéndole que por favor me olvidara de una vez y me dejara vivir en paz, que yo a ella no la molestaba. Tal fue el cabreo del padre de Mº Carmen que se fue directo a mi madre, con la mano levantada, gritándole en medio de la calle que quien era ella para decirle nada a su hija. Pues yo se lo diré ahora señor: mi madre, una madre harta y desesperada por ver como a su hija la tenían atosigada desde que entraba a las nueve de la mañana hasta que salía a las cinco de la tarde y que, como cualquier otra madre, lo único que intentaba hacer era velar por la seguridad y felicidad de su hija. Yo no soy madre, pero desde luego que tampoco hubiera dudado un segundo en hacerlo, e incluso antes de lo que lo hizo mi madre. Ella esperó y esperó a que todo pasara, pensado que era chiquilladas, pero se dio cuenta de que no y dijo, “hasta aquí hemos llegado, hombre”. En realidad yo no sé si mi experiencia puede considerarse como un caso de acoso escolar, lo que sí sé es que los años que pasé en ese colegio no fueron muy gratos para mí. Claro está que tampoco fueron tan horribles como para quitarme la vida, nunca se me pasó esa idea por la cabeza. Sea como sea, tenemos que evitar que se repitan casos como el mío de ínfima gravedad, o como el de Jokin, que acabó suicidándose. Bueno, mejor dicho: acabaron suicidándole.
(Martes, 10 de octubre de 2006)